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La Trova

La semana pasada, con algo de retraso, tuve la oportunidad de ver la última película de Amenábar. A pesar del hastío casi perpetuo que me produce la Guerra Civil como leitmotiv cinematográfico – equiparable al que me produce ya la Segunda Guerra Mundial –, Mientras dure la guerra me atrajo desde el principio. Algo ha tenido que ver la inclusión de Miguel de Unamuno como personaje principal, con sus ambigüedades y peculiaridades como sujeto histórico, que lo convierten en un valor seguro para el argumento; un argumento que también se me antojaba interesante, por situar la película en un momento definitorio de la historia: el alzamiento del treinta y seis y la configuración del liderazgo en el bando nacional durante los primeros compases del Golpe de Estado, que acabará degenerando en el mayor episodio bélico de la historia de España. 

El Unamuno humanizado

Interpretar a Miguel de Unamuno puede ser, a un tiempo, una tarea sencilla y extremadamente compleja; una paradoja que define la obra literaria y vital del escritor de orígenes bilbaínos, que fue testigo y actor en los múltiples episodios que marcaron el devenir político de la España de finales del XIX y comienzos del XX. Karra Elejalde consigue interpretar a un Unamuno que se encuentra en la senectud, claramente abrumado por los acontecimientos que han afectado al país durante la II República, aquejado por los achaques de la edad y por la pérdida reciente de su mujer, Concha Lizárraga. Su orgullo, afrentado tras ser destituido como rector de la Universidad de Salamanca por su apoyo explícito al levantamiento, se muestra en sus máximas cotas, afectando a la relación con su familia, amigos y vecinos. 

Se representa particularmente bien al Unamuno que ya transita entre la vida y la muerte, con ensoñaciones constantes de épocas pasadas y un mal humor constante, que se acidifica cuando cuestionan su apoyo a los rebeldes, a quienes había donado la suma de cinco mil pesetas. Sus encuentros diarios con dos amigos fieles, Atilano Coco (Luis Zahera) y Salvador Vila (Carlos Serrano-Clark), con los que comparte el café y la charla política, dibujan un cuadro de la situación del momento, así como del fuerte carácter del escritor, expresado en una potente ironía de raíces intelectuales. No menos importantes son las escenas familiares, en las que se enfrenta con una de sus hijas, María de Unamuno (Patricia López Arnáiz), o bien comparte sus reflexiones con su nieto, en un guiño a lo que había de venir para las generaciones futuras. 

Tomada la ciudad de Salamanca y comenzada la ocupación del bando nacional, las ideas y el descontento que lo impulsaron a decantarse políticamente empiezan a resquebrajarse ante la realidad de los hechos consumados. El conflicto permanente que va a mantener con Millán Astray (Eduard Fernández) y las reticencias hacia los militares empezarán a mermar sus convicciones iniciales. Poco a poco, conforme se va produciendo la militarización y la institucionalización de la represión, Unamuno se verá forzado a elegir entre su orgullo y sus ideas. 

Franco o la fábula del lobo con piel de cordero

Este Franco de Amenábar es uno de los más realistas y convincentes que he visto jamás. Maravillosa circunstancia la que nos permite relacionar, en un mismo momento histórico, al Unamuno en decadencia y al Francisco Franco (Santi Prego) en ascenso, que empieza a recabar apoyos en un momento de construcción del liderazgo dentro del bando nacional. 

Fantásticamente construida la personalidad del general, muy lejos de parecerse a la que manifestaban otros dictadores del momento. Franco se nos presenta como un hombre dubitativo y modesto, poco dado a alzar la voz o manifestar opiniones, con una prudencia que escondía una ambición que empieza a despuntar en los momentos iniciales de la guerra. Deseoso de hacer prevalecer su experiencia en el campo militar, pero buscando en todo momento afianzar sus apoyos, aparece en estos momentos como una de las cabezas visibles del alzamiento. La muerte de Sanjurjo y el apoyo de Millán Astray y la legión son sus valores seguros en un primer momento. 

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La Junta de Defensa Nacional, asentada en Burgos y encabezada por el General Cabanellas (Tito Valverde), empieza a plantear la necesidad de un liderazgo único, y para ello se reúnen en Salamanca. Aparecen en pantalla algunos de los pesos pesados del bando sublevado, tales como Emilio Mola (Luis Callejo) y Kindelán (Miquel García Borda). También el cardenal Enrique Plá Deniel (Pep Tosar), símbolo del apoyo de la Iglesia a la “Cruzada nacional” iniciada el 17 de julio. 

En estos primeros instantes la lucha por el poder se nos muestra a lo largo de escenas tensas, que recogen las desconfianzas en el seno de la Junta. Al mismo tiempo se nos presenta a la familia de Franco, siendo especialmente interesante el papel de su mujer, Carmen Polo (Mireia Rey). La simbología está muy presente en la configuración del ideario político del general, y comenzará con el cambio de banderas (recuperando la rojigualda monárquica) y la reinstauración de la “marcha real” como himno del Estado sublevado. Asistimos así al apuntalamiento de su influencia en la esfera monárquica.

Las charlas con su hermano, Nicolás Franco (Luis Bermejo), empiezan a dibujar la idea que Franco tiene de España, aunando la tradición histórica, monárquica y cristiana para construir un discurso legitimador de la guerra y de su mandato único como Jefe de Estado “mientras dure la guerra”; una condición que, lejos de cumplirse, acabará obviándose cuando Franco asuma de facto el gobierno, para no ser despojado de él hasta su muerte. 

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El gallego, en apariencia un hombre mesurado y tímido, temeroso de Dios y de exquisita prudencia, acabará mostrándose – en momentos puntuales – como el inflexible líder que es en el fondo. Un excepcional regalo que nos hace Mientras dure la guerra, esquivando las ideas preconcebidas y construyendo al personaje en base a la iconografía, presente durante toda la película. 

La muerte del intelectualismo

La película abunda en detalles sobre la represión de la oposición y el alineamiento de las autoridades salmantinas en torno al bando nacional. También la Universidad, de la que Unamuno es rector nuevamente por designación de la Junta de Defensa Nacional. 

En un momento en el que todo orbita en torno al conflicto, el conocimiento y las preocupaciones intelectuales y morales quedan en un segundo plano. Dos figuras cruzadas, Franco y Unamuno, son una muestra inequívoca de esta realidad: la de una España fracturada y fanatizada, donde los cánticos de “¡Viva la muerte!” arrebatan el espacio a la vida y al pensamiento. 

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