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La Trova

El mundo nunca ha sido un lugar amable para las mujeres. Mucho menos para aquellas que demuestran algo de inteligencia y ambición. En el pasado, más hostil si cabe, muy pocas de las que se atrevieron a amasar poder e influencia tuvieron un final feliz. No es el caso de la mujer que nos ocupa: Agnès Sorel, aquella a la que llamaban Dame de Beauté o «la mujer más bella del mundo».

Agnès Sorel supuso un antes y un después en la historia de Francia, en ese momento todavía amenazada por los invasores ingleses. La Guerra de los Cien Años estaba llegando a su fin, después de casi un siglo de contiendas y brutales masacres por parte de ambos bandos. Carlos VII, conocido como «el Victorioso» o «el Conquistador», ayudado por La Doncella de Orléans, Juana de Arco, estaba ganando la guerra. Los ingleses se retiraban. Una señal de que Dios había tocado con su gracia al monarca francés.

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La Pucelle, Frank Craig (1907)

O al menos eso es lo que nos han contado. Seamos sinceros. Carlos tuvo bastante, si no demasiada, suerte. Suerte porque le cayeran del cielo consejeros (y consejeras) mucho más capaces de asumir las riendas del malogrado y cada vez más reducido reino que él mismo. Al menos no podemos negarle ese mérito: sabía rodearse de personas competentes y leales. De ahí su otro sobrenombre, mucho menos popular: «el Bien Servido». Pero si todo hubiera dependido de su real mano, es bastante probable que todo se hubiera ido al traste. Carlos sufría con regularidad episodios de apatía y abatimiento que lo sumían en un absoluto mutismo, impidiéndole cumplir con sus acuciantes deberes. En sus primeros años sería su suegra, Yolanda de Aragón, la «Reina de los Cuatro Reinos», la que se encargaría de guiarle y aconsejarle, tal y como se ve en el biopic Juana de Arco de Luc Besson. Si no hubiera sido por ella, Carlos jamás habría recibido a Juana de Arco cuando aún solo era una campesina que afirmaba oír la voz de Dios. Carlos le debe a estas dos mujeres su trono además de su vida.

Después de que Carlos VII abandonara a su suerte a Juana tras ser capturada por los ingleses, apareció en escena Agnès Sorel, una simple dama de compañía de la Corte. Cuando Carlos la conoció, ella solo tenía veinte años mientras que él rondaba la cuarentena. Carlos se enamoró profundamente de Agnès e hizo algo que ningún soberano anterior se había atrevido a hacer: hizo pública su relación, nombrándola «amante oficial» del rey. Agnès iniciaría así una genealogía de amantes reales que se aseguraron de hacerse indispensables para el monarca de turno: Diane de Poitiers, Madame de Montespan, Madame de Pompadour, Madame du Barry, etc. Todas ellas determinaron el destino de Francia, ascendiendo de la única manera que les era permitida: a través de un hombre.

Considerada la belleza del momento, Agnès sirvió como modelo para una de las obras más representativas de la pintura gótica francesa: La Virgen con el Niño de Jean Fouquet. Este cuadro en realidad formaba parte de un díptico, conocido como el Díptico de Melun, separado mucho tiempo atrás. El batiente izquierdo, El caballero Étienne con San Esteban, ahora se exhibe y se conserva en Berlín mientras que la Virgen reside en Amberes.

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El caballero Étienne con San Esteban, Jean Fouquet (c. 1456). Batiente izquierdo.
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La Virgen con el Niño, Jean Fouquet (c. 1456). Batiente derecho.

Si por algo se conoce a Jean Fouquet es por haber sido el artista puente entre el Gótico y el Renacimiento en Francia. Aunque se educó en la tradición gótica y se vio enormemente influido por los artistas flamencos como Jan Van Eyck, también conoció las obras de los italianos en su viaje a Roma, cuando aún era joven. Allí el Renacimiento ya había despuntado y se revelaba como el camino a seguir en las artes. Esa diferencia de estilos se observa claramente en este díptico: el batiente izquierdo se revela mucho más renacentista, hay un mayor cuidado en el tratamiento de la perspectiva y, aunque los ropajes de los personajes no están a la última moda, el escenario marmóleo concuerda con la estética perseguida por los artistas italianos. Sin embargo, la tabla de la Virgen es de un gusto mucho más medieval. La perspectiva se pierde en favor de un aura más etérea y las figuras se amontonan unas sobre otras. Algunos entendidos aseguran que Fouquet lo hizo a propósito para distinguir el mundo terrenal del divino.

El díptico a su vez responde a un género muy extendido durante la Edad Media: los retratos de donantes. En ellos, el comitente de la obra aparece arrodillado y con las manos juntas en posición orante, suplicando la gracia y misericordia de una figura divina. En este caso el caballero Étienne, un administrador muy importante de Carlos VII, se arrodilla frente a la Reina de los Cielos y el Niño lo señala con el dedo, en señal de que sus plegarias han sido escuchadas. San Esteban, con el evangelio y una de las piedras con las que fue apedreado hasta morir, ejerce de protector del caballero e intercede por él. La Virgen, ricamente ataviada con ropajes azules, un manto de armiño y una corona de piedras preciosas y perlas, es rodeada por querubines azules y escarlatas que sujetan su trono. Algunos expertos afirman que el color de estos ángeles representan la pureza y el aire en el caso de los querubines azules, y la pasión y el fuego en el caso de los querubines rojos. Aunque hay otros que afirman que son los colores del escudo del rey. Sin embargo, lo más llamativo de este cuadro es el pecho de la Virgen que asoma tras el corsé desabrochado. Esto ha tenido infinidad de interpretaciones. Se dice que simplemente es la iconografía de una Virgen lactante, de las que hay ejemplos para dar y regalar en la historia del arte. Pero otros sugieren que esto tiene un significado mucho más profano (y erótico) de lo que se puede pensar a simple vista. Agnès Sorel escandalizó a la Corte de numerosas formas, pero seguramente la más llamativa fue la de instaurar la moda entre las mujeres de ir con un pecho al aire. Este gesto más que desafiante junto con la creciente influencia que tenía sobre el rey, le ganó muchos enemigos en la Corte, entre ellos el hijo mayor de Carlos.

Agnès moriría días después de haber dado a luz a la cuarta hija que concibió con Carlos. La repentina muerte fue objeto de numerosas especulaciones y muchos aseguraron que había sido envenenada. Esto no se probó hasta hace pocos años, cuando investigadores analizaron los restos de Agnès y encontraron ingentes cantidades de mercurio en su cuerpo que solo pudieron ser ingeridas oralmente.

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