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Aquella soleada tarde de verano, el hombre gordo de la camisa  verde y la gorra amarilla estaba sentado como de costumbre en uno de los medianamente oxidados bancos del parque. Nadie sabía por qué lo hacía, ni para qué. Llegaba en la hora en la que todos los demás hombres del vecindario estaban durmiendo la siesta de después del almuerzo. Encendía un cigarro y se pasaba la tarde tranquilo, sin decir palabra, viendo a las personas y a los coches pasar de un lado a otro de la monótona calle en que se ubicaba el desértico parque. Cuando el cigarrillo no le daba para más caladas, se metía sus gruesas manos en los bolsillos del pantalón y sacaba la caja de cigarrillos, de donde cogía otro. Aunque llevaba haciendo eso todas las tardes del caluroso verano que tuvimos ese año, nadie sabía nada de él. En el vecindario nadie lo conocía, tampoco nadie lo quería conocer. Unos decían que había enloquecido y que todo le daba igual, otros decían que no tenía un techo en el que resguardarse, y otros simplemente no decían nada, porque no había mucho que contar. El caso es que cuando el sol ya se ocultaba en el horizonte, el hombre gordo de la camisa verde y la gorra amarilla se levantaba y se perdía entre las monótonas calles de ese pueblo, desapareciendo del mismo modo en que había aparecido.

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