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La Trova

“Si es una ofensa para Alá que por favor me perdone, pero no me siento cómoda usándolo”. Meliane Ndiane nació en Senegal hace 50 años y es musulmana. No usa hiyab porque, desde pequeña, nunca ha visto a nadie de su círculo llevarlo. Sin embargo, no le parece bien que ciertos países europeos quieran prohibirlo: “Yo no lo uso porque no me crié así y no me gusta ponérmelo. Pero cada uno tiene que respetar como lleva cada persona su religión y lo que quiera hacer con su cuerpo y su alma”.

La senegalesa pone mucho énfasis en el respeto: “Las mujeres de aquí enseñan mucho, pero lo respeto porque van cómodas y no hacen daño a nadie”. En los diecisiete años que lleva en España, nunca ha sido juzgada por sus creencias o decisiones: “Por eso apoyo que la gente sea libre de hacer lo que quiera”.

Nur Baba tiene 24 años y comenzó a usar hiyab en el verano de su tercer año de carrera por complacer a Alá: “Lo siento por los que tenían otras expectativas, pero los hombres no entran en esa ecuación”. Empezó a llevarlo tras plantearse qué tipo de persona quería ser y darse cuenta de que, para llegar a ella, le sobraban cosas como el miedo al “qué dirán”.

“Di a los creyentes que bajen la mirada y sean modestos”. Estas son palabras recogidas en el sura 24:30 del Corán, donde se entiende la modestia como cubrir la mirada, la ropa y los genitales. Sin embargo, son solo las mujeres las que cubren su cabeza. “La modestia es aplicable tanto para hombres como para mujeres. Los hombres no se tapan el pelo, pero ¿acaso tienen pase libre para mostrar todo su cuerpo? Por supuesto que no” – explica Nur. “Deben ser modestos al vestir, cubriendo sus partes íntimas y llevando ropa holgada, además de bajar la mirada en señal de respeto”. Con esto, justifica que no ve discriminación en esta distinción de géneros, pero sí en la creencia falsa de que el hombre musulmán puede hacer lo que le plazca solo por serlo.

Horarios de rezo musulmanes (Mezquita Dars Salam). FOTO: Nerea de Ara

Tampoco entiende la necesidad de comparar las decisiones femeninas: “¿Acaso alguien tiene derecho a juzgar u opinar sobre los centímetros de nuestras faldas? Y digo nuestras faldas, porque no creo en esa separación entre mujeres «tú de aquí o yo de allí». Respeto la libre elección de vestimenta de mis compañeras no musulmanas al igual que ellas respetan la mía”. Cree que en España se han conseguido muchos avances que ahora peligran: “O remamos todos hacia un futuro tolerante e igualitario o el barco se hunde con todos dentro… y créeme que se puede hundir”.

Zahira Daoudi nació en Marruecos hace 21 años. Fue con diez cuando llego a España y la realidad la golpeó: no era como las demás chicas. Pero no fue hasta la etapa universitaria cuando decidió quitarse el hiyab: “No me gusta que me distingan por ser mujer y musulmana. Me parece muy machista” –expone. Es por esto por lo que apoya la prohibición de esta prenda en España, argumentando que esto no significa que vaya en contra de su cultura, sino de los principios fundamentalistas de esta: “Si se prohíbe, seremos libres”.

Excepto ante ojos de su familia y amigos, Zahira es una incomprendida. Sus propias primas la miran mal y los hombres la tratan como si fuese una deshonra. “Me han llegado a llamar puta” – relata. Y es por esto por lo que, en Marruecos, la joven deja de lado sus principios y usa hiyab ante la presencia de su abuela, ya que no sabe cómo se lo tomaría. Asimismo, considera que su integridad física peligraría al ir por la calle sin él puesto que la gente no respeta su decisión.

Aunque entiende que en Marruecos se puedan alarmar por esto, en España, un país que reconoce derechos y libertades, no. “Para mí, quien lleva velo apoya la discriminación de la mujer” – concluye la joven.

“Considero mi velo como mi identidad y quitármelo sería como corromper parte de ella”, asegura Amal Belleyo, tinerfeña de 23 años. Con 16 años rompió los esquemas de sus padres: “A diferencia de mi madre (que no usó hiyab hasta una edad madura), a mí no me importaba no encajar y ser diferente. Por lo que decidí reforzar lo diferente que se me hacía sentir siendo lo que quería ser: una chica musulmana con todas sus características”.

Sin embargo, esta decisión no ha sido un camino de rosas. Casi a diario, Amal soporta faltas de respeto como “sin eso estarías más guapa” o “yo si voy a tu país me tengo que poner eso, así que aquí deberían prohibirlo”. Por esto, defiende que cubiertas o descubiertas, las decisiones sobre sus cuerpos pertenecen solamente a las mujeres. Y a nadie más.

«Hay muchas maneras de ser feminista y muchas formas de vida distinta»

Respeto. Este término se ha repetido en todas las declaraciones de las mujeres entrevistadas, tanto por una parte como por la otra. ¿Es quizá esto lo que les falta a los que analizan el debate desde fuera?

Delfina Serrano, experta en estudios árabes e islámicos con especialización en cuestiones de género, establece que en la sociedad europea nos obsesionamos con proyectar nuestras creencias y obsesiones sobre los musulmanes y el islam. “Vivimos en sociedades que son plurales y están formadas por personas con distintas identidades. No es una cuestión de “ellos” y “nosotros”. Y este es el punto que falla en los debates: no tener en cuenta que personas musulmanas también forman parte de nuestra sociedad”.

Según la científica, es posible hablar de feminismo islámico: “Me considero una mujer feminista y, para mi, el primer principio del feminismo es creer a otras mujeres. Por ello, al igual que soy partidaria de creer a personas que lo califican como un símbolo de alimentación del orden patriarcal, doy crédito también a aquellas que dicen llevarlo voluntariamente”.

Musulmanas, cristianas, veladas, sin velo, aquellas que se tapan y las que usan minifaldas. Serrano establece que el problema de fondo es otro y afecta a todas estas mujeres, “pero el hiyab viene muy bien para tapar y no discutir sobre aquellas cuestiones que afectan de verdad a la vida femenina”.

Por ejemplo, el pluralismo cultural. Ponerle límites a este concepto es una cuestión mucho más importante. “El problema es que este debate también implicaría preguntarse por qué con dinero público se dan subvenciones a colegios privados donde se segrega entre niños y niñas, dónde está el límite de las creencias religiosas… y esto tiene muchas consecuencias”.

Mezquita Dars Salam. FOTO: Nerea de Ara

Respecto a su prohibición, Serrano se muestra tajante: “Soy totalmente contraria a prohibir el uso del velo. Una prohibición no hace más que empeorar una cuestión y convertirla en problema”. Pero ¿podría España restringir su uso como ha hecho, por ejemplo, Qatar con su campaña de “decencia pública” (no vestir mostrando hombros, ombligo o rodillas)? “Por poder, podría. Pero España es un país democrático. Qatar no. Y la grandeza de la democracia es que puede tolerar lo diferente” – responde.

Además, invita a aquellos que buscan prohibirlo a cuestionar el resto de las religiones. “El mensaje del Corán promueve la modestia y el evitar la tentación sexual. Es verdad que los hombres no llevan velo, pero porque en este ideario cultural se cree que el pelo del hombre no supone una tentación para las mujeres” – explica.

Sin embargo, establece que este hecho no discrimina, sino diferencia. “Hay que discernir entre lo que sí es objetivo (el Corán promueve un ideal de decencia que implica no provocar) y lo que no (impone un código de vestimenta). Una cosa es una recomendación religiosa o incluso ético-moral y otra muy distinta es crear una ley, a raíz de esto, que imponga un modo de conducta. Y esto último actualmente no pasa”.

“Incomodidad”. “Valentía”. “Esclavitud”. “Reconstrucción”. Estos son los términos con los que, respectivamente, las cuatro musulmanas identifican el hiyab. Desde sus posturas, contribuyen a un debate que lleva estando candente desde hace mucho, tanto aquí como allí. Y, tanto aquí como allí, debería abordarse comenzando por paliar uno de los pocos elementos que no tienen cabida en la discusión: los prejuicios generados por el desconocimiento.

Foto de portada por Alexis Rodríguez.

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