Síguenos

Mario Marrero Hernández

Dispénsame, Cervantes, por mi prosa edulcorada con símiles absurdos y nefastos soliloquios. Pido perdón, Quevedo, por rimas desatinadas escritas al amparo de mi frágil amor propio.   No soy, ni quiero, un grande, tan siquiera un miserable deudor de tres…